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Cómo usar el cerebro para vivir mejor

El cerebro humano es la estructura más compleja en el universo. Tanto, que se propone el desafío de entenderse a sí mismo. El cerebro dicta toda nuestra actividad mental desde procesos inconscientes, como respirar, hasta los pensamientos filosóficos más elaborados y contiene más neuronas que las estrellas existentes en la galaxia. El objetivo de este trabajo, no es un estudio de nuestro cerebro, es el camino a llevarnos a utilizarlo estratégicamente para vivir mejor, especialmente en estos tiempos de Crisis generalizada.

Durante miles de años, la civilización se ha preguntado sobre el origen del pensamiento, la conciencia, la interacción social, la creatividad, la percepción, el libre albedrío y la emoción. En los últimos años, las neurociencias emergieron como una nueva herramienta para intentar entender estos enigmas. Las neurociencias estudian la organización y el funcionamiento del sistema nervioso y cómo los diferentes elementos del cerebro interactúan y dan origen a la conducta de los seres humanos.

En estas décadas hemos aprendido más sobre el funcionamiento del cerebro que en toda la historia de la humanidad. Este enfoque científico es multidisciplinario, y abarca muchas categorías de estudio, es así como las neurociencias estudian los fundamentos de nuestra individualidad: las emociones, la conciencia, la toma de decisiones y nuestras acciones socio psicológicas.

Como todo lo hacemos con el cerebro, es lógico que el impacto de las neurociencias se proyecte en múltiples áreas de relevancia social y en dominios tan disímiles. Veamos, la neuroeducación tiene como objetivo el desarrollo de nuevos métodos de enseñanza y aprendizaje, al combinar la pedagogía y los hallazgos en la neurobiología y las ciencias cognitivas. Se trata así de la suma de esfuerzos entre científicos y educadores, haciendo hincapié en la importancia de las modificaciones que se producen en el cerebro a edad temprana para el desarrollo de capacidades de aprendizaje y conducta que luego nos caracterizan como adultos.

Sin duda, la necesidad y el deseo son los principales impulsores para que algo cambie y que ello redunde en una vida mejor de uno mismo y de su entorno. Pero existe una cuestión más compleja y, quizá, más enriquecedora para analizar esa transformación que va del impulso inicial a la solución: el modo para conseguirla. A menudo se realza a la ciencia por el logro de resultados sorprendentes (nuevos  medicamentos, viajes espaciales, ordenadores sofisticados, etc.), pero son sus métodos los que conforman una cualidad verdaderamente distintiva.

El método científico es una manera de preguntar y responder a partir de algunos pasos necesarios: formular la cuestión, revisar lo investigado previamente, elaborar una nueva hipótesis, probar esa hipótesis, analizar los datos y llegar a una conclusión, y, por último, comunicar los resultados. La ciencia permite que las personas y las sociedades puedan vivir mejor. A veces olvidamos cómo las innovaciones científicas han transformado nuestras vidas. En general, vivimos más que nuestros predecesores, tenemos acceso a una gran variedad de alimentos y otros bienes, podemos viajar con facilidad y rapidez por todo el mundo, y disponemos de una gran diversidad de aparatos electrónicos diseñados para el trabajo y para el placer.

Los seres humanos, en el plano personal, familiar y social, tendemos a crear estados para que los vaivenes del contexto no nos sacudan al punto de secarnos en las sequías e inundarnos en las tormentas. Pero modificar de cuajo los fenómenos naturales o sociales globales se vuelve una empresa sumamente dificultosa (por no decir imposible, solo propagada por consignas oluntaristas, mágicas o de proselitismo cínico).

La sabiduría, más bien, está en saber qué se hace con esa realidad: poder cubrirse del temporal, modificar el curso de los ríos y atemperar los malos resultados. Y la clave, en todos los casos, es saber mirar más allá, como el ajedrecista que piensa en la actual jugada, pero en función de las futuras.

Un estudio publicado en la prestigiosa revista Science que examinó casi 20 millones de artículos científicos y 2,1 millones de patentes en las últimas cinco décadas demostró que los equipos predominan sobre los autores solitarios en la producción de conocimiento con alto impacto.

Esto se aplica a las ciencias naturales y la ingeniería, las ciencias sociales, las artes y las humanidades, lo que sugiere que el proceso de creación de conocimiento ha cambiado (de un 17,5% en 1955 a un 51,5% en 2000).

Otra de las claves del desarrollo científico es que ningún trabajo se realiza haciendo tabla rasa con las tareas previas; más bien se parte de estas, potenciando sus aciertos y corrigiendo sus errores, lo que permite llegar a nuevas conclusiones de forma más satisfactoria. «El conocimiento previo, correcto y verdadero expresó Bernardo Houssay, premio Nobel argentino, en 1942 es la base indispensable de toda acción humana acertada y benéfica.

La ignorancia y el error son nuestros peores enemigos, porque nos llevan a la miseria, el sufrimiento y la enfermedad, mientras que los descubrimientos científicos han hecho y harán que la vida sea cada vez más larga, más sana y más agradable, liberando al hombre de la esclavitud y del trabajo pesado, de las epidemias pestilentes y mejorando enormemente la salud y el bienestar.» Otro elemento central para el desarrollo de cualquier investigación es valor de la idoneidad.

La competencia es aquello que determina quiénes llevan adelante cada acción; es decir, aquellos que lo merecen, por talento y por esfuerzo, son los indicados para que el resto de la sociedad delegue en ellos la tarea. Asimismo, la valoración de la capacidad genera un contagio, una promoción a la capacidad de los otros, al estudio, al esfuerzo y al reconocimiento.

Esto no significa, ni mucho menos, que exista una vara homogénea para medir la capacidad de las personas. Es más, los criterios de inteligencia que se determinan por coeficientes estrictos ya están, por suerte, dejándose de lado. Ser inteligente es tener flexibilidad para mirar un problema y ver ahí una nueva posibilidad, una salida antes no pensada para enfrentarlo.

¿Cómo asignar un coeficiente al humor, a la ironía y, aún más, a la diversificada y plástica capacidad del ser humano para responder de manera creativa a los desafíos que la sociedad y la naturaleza le plantean? Hoy existe la noción, de que la inteligencia incluye habilidades en el campo de lo emocional, de las motivaciones, y de la capacidad para relacionarnos con otras personas en situaciones complejas y diversas.

El consenso es que estas habilidades, claves para entender nuestro cerebro son parte de la inteligencia, potencian el desarrollo intelectual al cooperar en la tarea diaria de enfrentar situaciones complejas y encontrar soluciones novedosas. Lo central es que cada cual explote sus capacidades, sean las que sean, al máximo. «Lo más triste que hay en la vida es el talento derrochado», si, el derroche de talentos y el desprecio de las oportunidades, es de gente, limitada.

Desde esta esquina, Mi modesta Opinión.-

Es muy conocido el hecho de que la inteligencia es la mejor guía del hombre en la vida, de ahí derivan todas sus posibilidades de desarrollo y exitoso crecimiento en cualquier área a la que dedique sus esfuerzos. Más, en las circunstancias en que transitemos en cualquier parte del globo terráqueo en que vivamos, constituirán los retos que como Ciudadanos pensantes, tendremos que nfrentar y vencer para prevalecer.

Los que como quien suscribe, todavía hacemos vida en la Venezuela de hoy, tenemos que hacer acopio de todas nuestras experiencias previas, de nuestra Fe en nosotros mismos, en lo que sabemos cómo Profesionales y en la esperanza bien fundamentada por los hechos vividos en el pasado, para usar de nuestra Inteligencia emocional para preservar nuestra cordura y orientación lógica hacia el futuro venidero, con base a que en esta vida; a Dios gracias, nada es para siempre, Todo tiene su principio y todo tiene su final.

Por Facundo Manes Mateo

JCHB.
Lic. Jorge Amador Chávez Bocanegra

Presidente Ejecutivo
C. C. Lic. Ana María Maimus de Chávez
Socia, Directora de Operaciones